lunes, 23 de abril de 2012

Los Juegos del Hambre

 El pasado fin de semana fui a ver al cine la película de estreno Los Juegos del Hambre (The Hunger Games, en versión original). La película me sorprendió gratamente. Aunque haya críticos que hayan considerado tanto a la novela en la que se inspira como a la película como para jóvenes e incluso niños, ambas introducen temas interesantes. La película muestra una distopía, es decir, una antiutopía. Se enmarca en un futuro en el que la sociedad es distinta a la actual aunque con algunas similitudes siniestras.

En la película está presente casi todo: ambición, poder, amor, amistad, falsedad y autoritarismo político. El Gobierno llamado Capitolio tiene el poder de un país llamado Panem, dividido en 12 distritos además de la capital. Cada año se celebran los Juegos del Hambre para recordar el pasado de la nación. Sin embargo, el recuerdo se caracteriza por su crueldad y violencia siendo una clara imitación del famoso mito del Minotauro de Creta. 

Los Juegos del Hambre son también un reality show como los que conocemos en la realidad (con las distancias evidentes) y actúan como una cortina de humo a los problemas de verdad.

Recomiendo ir a ver la película pues creo que merece la pena, es entretenida hasta el final, la banda sonora (de la cual he puesto un fragmento) es notable, el trabajo de los actores (principalmente Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Elizabeth Banks, Liam Hemsworth y Woody Harrelson) es muy bueno y los efectos especiales son espectaculares. Prueba de su calidad es que, de momento, es la película más taquillera del año en EEUU. Tendrá dos secuelas, inspiradas también en la trilogía Los Juegos del Hambre de la autora Suzzane Collins: En llamas y Sinsajo.  

miércoles, 18 de abril de 2012

Reinar en medio de la crisis

Artículo del diario El País, 18 de abril de 2012


Hace más de treinta años que los españoles tenemos una monarquía parlamentaria y una Constitución democrática. Un largo período de estabilidad, reformas y cambios; de profundas transformaciones políticas, socioeconómicas y culturales. Una especie de milagro, dada la traumática historia de España en las décadas anteriores, que atrajo la atención de teóricos sociales y políticos de medio mundo. Y el rey Juan Carlos, que había comenzado su reinado tres años antes de la Constitución, con un juramento ante las Cortes franquistas, se convirtió en el “motor” o “piloto” del gran cambio que nos llevó desde la dictadura a la democracia.

Ese proceso de transición a la democracia forma parte ya de nuestra historia. Tema de estudio y debate, con relatos oficiales y visiones y revisiones críticas. Pero Juan Carlos, la Monarquía y la Corona quedaron fuera del debate. Hubo una construcción positiva en torno a él, estimulada por políticos, intelectuales y medios de comunicación, que le dejó fuera de las zonas oscuras, errores o deficiencias de la democracia.

Ese orden se ha quebrado en los últimos meses, desde que estalló en el pasado otoño el caso Urdangarín hasta la cacería de elefantes en Botsuana, pasando por el tiro en el pie de Felipe Juan Froilán. Además del paro y de la crisis, la Monarquía, con el rey Juan Carlos a la cabeza, es objeto ahora de controversias y de discusión pública (incluidos los insultos, un deporte nacional cuando se abre la veda). Y el ruido no viene como consecuencia de un movimiento social republicano, al acoso y derribo del orden existente, sino del desmoronamiento de algunos de los pilares en que se había basado esa construcción positiva y no sujeta a escrutinio del edificio monárquico.

De la misma forma que la crisis, el paro y los ataques al Estado del bienestar han puesto fin a la boyante y artificial prosperidad anterior y nos recuerdan día tras día nuestra vulnerabilidad, los escándalos en torno a la Monarquía están cambiando las percepciones y actitudes de muchos ciudadanos hacia una institución sacralizada.

Se abre un nuevo escenario, difícil de predecir, que va a ser visto por personas influyentes en la política y en la comunicación con temor e inquietud, no sea cosa que renazcan los demonios de nuestra historia. Parece el momento, sin embargo, de repensar el papel de la Corona en la democracia y en la sociedad actual, no en el que tuvo, con méritos ampliamente reconocidos, en 1975, 1978 o 1981. Antes de que el sueño de una monarquía perpetua, limpia de sombras y manchas, acabe en pesadilla.

Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza

martes, 17 de abril de 2012

El Titanic, ¿Una metáfora de nuestros tiempos?


Llegó el 100 aniversario del hundimiento del “buque insumergible”, el RMS (Royal Mail Steamship) Titanic, considerado el transatlántico más famoso de todos los tiempos y el más lujoso de su época. Un buque que, si bien terminó hundiéndose en medio del Atlántico la madrugada del día 15 de abril de 1912, en la memoria y el recuerdo sí ha resultado ser insumergible. El Titanic representó todos los valores de la sociedad en la que fue construido que son, en gran parte, los mismos que los de la sociedad actual aunque hayan pasado cien años.

Un buque que se llevó con él a las profundidades a unas 1500 personas tras chocar con un iceberg. La única hipótesis de hundimiento de semejante estructura se dio y, en sólo dos horas, el transatlántico estaba en el fondo del mar y, con él, toda una serie de principios. En 1912 el progreso era la ideología imperante. Los descubrimientos y avances tecnológicos no cesaban de aparecer y la sociedad europea avanzaba a base de una constante tensión entre clases sociales, algo que se vio claramente en el Titanic. A la hora del hundimiento más del 70 % de la tercera clase no pudo obtener un bote y falleció en las heladas aguas del Atlántico. Por su parte la primera clase tuvo un índice de supervivencia mucho mayor aunque, evidentemente, no todos sobrevivieron y muchos hombres de primera clase (y algunas mujeres) también fallecieron.

Codicia, ambición, humildad, amor, supervivencia…son algunas palabras que rodean al Titanic. Los casos son amplios y famosos bien por aparecer en la película de 1997 o por las numerosas exposiciones que han tratado el tema. La valentía del capitán del Titanic, que se hundió con el barco cuando parece que iba a ser su último viaje antes de jubilarse, el empresario de la compañía a la que pertenecía el Titanic, que se apresuró a subirse a un bote de salvamento por delante de mujeres y niños (el resto de su vida fue despreciado por esta acción), el oficial que se suicidó tras disparar a dos pasajeros, la orquesta que siguió tocando hasta que el barco se hundió… los ejemplos son muy numerosos y muestran las distintas facetas de los seres humanos, facetas que sólo salen en situaciones como estas.

¿Se puede hacer una analogía entre 1912 y 2012? En 1912 el mundo entraba en decadencia y el hundimiento del Titanic fue una clara metáfora de un mundo que entraba en una grave crisis y sólo dos años después estalló la Primera Guerra Mundial y en 1929 el Crack provocó la crisis económica más grave de la Historia predecesora directa de la actual.

En la actualidad la crisis de valores, la inestabilidad social y, la causante de todo ello, la tan nombrada crisis económica que sólo puede compararse con la de 1929, nos hace pensar que no hace tanto de esos acontecimientos y que el Titanic sigue hundiéndose aún hoy y, con él, toda una serie de creencias y valores a los que, quizá, hemos dado demasiada importancia por encima de cosas que, aunque parezcan muy idealistas, son mucho más importantes.

Bonnie Tyler-I need a Hero