domingo, 30 de septiembre de 2012

En defensa del federalismo

Artículo del diario El País

La multitudinaria manifestación en Barcelona bajo el lema “Cataluña, un nuevo Estado en Europa”, y la convocatoria de elecciones en clave soberanista por parte de Artur Mas, han generado un nuevo escenario político donde se plantea abiertamente la posibilidad de que Cataluña deje de formar parte de España. Los que creemos que tal opción supondría una catástrofe en términos políticos, económicos y de cohesión social, tanto para Cataluña como para España —que no puede concebirse como tal sin aquélla— debemos hacer un gran esfuerzo por evitar un choque de trenes. Esto exige huir de las grandes declaraciones, y proponer fórmulas de entendimiento que permitan evitar la ruptura. Y reconocer, igualmente, que el encaje de Cataluña en España es un problema estructural, de naturaleza constitucional, y como tal debe ser afrontado de manera racional, con voluntad política de alcanzar acuerdos por ambas partes, susceptibles de ser traducidos jurídicamente en una cada vez más imprescindible reforma de la Constitución de 1978.

Para afrontar este enorme desafío, la teoría y la práctica del federalismo como técnica de distribución del poder y de integración política resulta fundamental. España, como Europa, será federal o no será. El principal problema que plantea la apertura de un debate sobre el federalismo es que no siempre se entiende de la misma manera. Baste recordar que si en el contexto revolucionario francés, federalismo era un término que se vinculaba a la disgregación y a la destrucción de la unidad nacional, en Estados Unidos, el federalismo se concebía como una técnica de integración y centralización frente a las tesis confederales. Lamentablemente, en nuestro último proceso constituyente prevaleció una visión negativa, similar a la francesa, y por ello se rechazó expresamente. Como alternativa se sentaron las bases de un Estado Autonómico, sin que en el texto constitucional se adoptaran las decisiones básicas relativas a qué entes conformarían ese Estado, y más importante, cuál sería el reparto de competencias entre ellos y los poderes centrales, ni tampoco, obviamente, cuál sería su sistema de financiación. Desde una perspectiva jurídica el modelo adolece, por su apertura indefinida, de falta de rigor y de estabilidad. Desde una perspectiva política, el panorama actual demuestra que no ha servido para satisfacer las demandas de un significativo número de ciudadanos de Cataluña.

En este contexto, ha llegado la hora de reemplazar el modelo autonómico por uno auténticamente federal. Y aunque es cierto que existen diversas modalidades de federalismo, no lo es menos que todas tienen unos elementos comunes. Todo Estado Federal se sustenta en una determinada cultura política, la del pacto y el entendimiento que da lugar a la lealtad federal y en una Constitución federal. La Constitución federal establece quiénes son los Estados miembros y que competencias tienen; atribuye a un órgano independiente la facultad de resolver, conforme a criterios jurídicos y no de oportunidad, las controversias entre los Estados miembros y la Federación; y define también con claridad el sistema de financiación de los Estados miembros y de la Federación.

La apertura de un debate político sobre la reforma de la Constitución en clave federal debiera dejar de lado sentimientos y agravios, y centrarse en buscar las mejores respuestas a los interrogantes mencionados. Y ello, teniendo presente los dos objetivos básicos del federalismo: lograr un funcionamiento más eficaz del Estado y una mejor prestación de los servicios al ciudadano; y fortalecer la integración política al garantizar la diversidad y el autogobierno de los Estados miembros. Esto requiere, en primer lugar, determinar cuántos Estados deberían componer el Estado Federal español partiendo de que 17, seguramente, son demasiados. Exigiría, a continuación, analizar qué competencias debe ejercer el poder central y cuáles los Estados miembros, con objeto de atribuir la competencia a quien pueda ejercerla de forma más eficaz y a menor coste. Y ello sin olvidar que muchas competencias han sido cedidas, y otras deberán serlo en el futuro, a las instituciones europeas. Y por último, implicaría alcanzar un acuerdo sobre el mecanismo de financiación que, basado en el inexcusable principio de solidaridad, podría incluir el principio de ordinalidad tal y como lo entiende el Tribunal Constitucional alemán para evitar que tras las transferencias de nivelación, los Estados de mayores ingresos pierdan posiciones en lo que se refiere a capacidad de gasto.

El reto de quienes defendemos el mantenimiento de la unidad del Estado es ofrecer a los ciudadanos de Cataluña, un proyecto ilusionante de encaje en nuestro Estado Constitucional. Con una Constitución federal, Cataluña podría contar con estructuras de Estado, las propias de un Estado miembro, y podría mejorar su financiación. Ahora bien, el pacto federal supondría el abandono de objetivos independentistas y veleidades secesionistas. El pacto federal, que tendría que ser refrendado por el pueblo español en el referéndum preceptivo que el artículo 168 exige para la reforma constitucional, contribuiría además a insuflar savia viva en la Constitución. La reforma de la Constitución en clave federal debería aprovecharse también para adaptarla al estadio actual de la integración europea cuyo horizonte último es igualmente federal.

Javier Tajadura Tejada es profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Restos del Imperio Español II: Las Plazas de Soberanía




En este nuevo post dentro de la tríada “Restos del Imperio Español”, voy a dedicarme a eso llamado “Plazas de Soberanía”, lo que queda bajo soberanía española de las antiguas posesiones en el norte de África que, en su momento de mayor esplendor, incluían Orán y hasta Túnez.

Al contrario que la llamada Micronesia Española (a la que dediqué el post anterior), las Plazas de Soberanía sí están bajo soberanía efectiva de España y están ocupadas.

Se distingue entre dos tipos de Plaza: las Plazas Mayores, que serían las más conocidas al ser las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla; y las Plazas Menores, que incluirían pequeñas islas e islotes en las costas de Marruecos como veremos posteriormente.

Estas Plazas de Soberanía tienen diferentes estatus jurídicos y pertenecen a España desde épocas muy distintas (entre los siglos XV y XIX). Además, tienen la peculiaridad de que ninguna de ellas ha sido considerada nunca colonia española sino que, desde su ocupación, han sido parte efectiva del Reino de España, al contrario que el antiguo Protectorado de Marruecos, que tenía un régimen jurídico diferente y una cierta autonomía.

Comenzaremos por las Plazas Mayores y más visibles no sólo por su tamaño sino porque son las únicas que están habitadas permanentemente. Ceuta y Melilla son parte de España desde antes incluso de que ésta existiese como tal. Por ejemplo, Melilla fue conquistada por Castilla en 1497, bajo reinado de los Reyes Católicos, como parte de su política expansiva por el norte de África tras haber terminado la llamada Reconquista en la Península. Así, España aún no existía como ente político en esa época. Un poco distinto es el caso de Ceuta, que pasó a España más tarde.

 Vista de Ceuta desde el Mirador de Isabel II

Así, Melilla fue conquistada por Castilla a las tribus del lugar pero Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415. ¿Cómo pasó a soberanía española? En 1580 se incorporó, como el resto del Reino de Portugal, a la unión dinástica entre éste y España tras acceder el rey Felipe II al trono también del reino luso. Sin embargo, cuando en 1640 Portugal se separa de la monarquía hispánica, Ceuta no le sigue y permanece bajo soberanía española aunque mantuvo las armas portuguesas en su bandera y escudo.

En los siglos posteriores, ambas ciudades permanecieron en el Reino de España y no se integraron en el Protectorado español de Marruecos dependiendo directamente del Gobierno de España. Con la independencia de Marruecos en 1956 ambas ciudades siguieron siendo parte de España hasta el día de hoy. En principio dependían de las provincias de Cádiz (Ceuta) y Málaga (Melilla) pero ambas se separaron de dichas provincias en 1995. Su estatus fue variable durante el Franquismo y, con la democracia, se las mencionó específicamente en la Constitución de 1978:

Las ciudades de Ceuta y Melilla podrán constituirse en Comunidades autónomas si así lo deciden sus respectivos Ayuntamientos mediante acuerdo adoptado por la mayoría absoluta de sus miembros y así lo autorizan las Cortes Generales, mediante una ley orgánica, en los términos previstos en el artículo 144.

Pese a que ambas ciudades podían constituirse en comunidades autónomas si lo hubiesen deseado, al final se optó por una vía intermedia ya con Felipe González como Presidente del Gobierno y tras acordarlo con la oposición en 1995. Ceuta y Melilla serían ciudades autónomas, lo que significa que están a medio camino entre una comunidad autónoma y un municipio y tienen más competencias propias que los municipios pero menos que las comunidades autónomas.

En cuanto a datos oficiales, Ceuta tiene mayor superficie y población que Melilla con 19 km²

y 82.376 habitantes por 12 km² y 78.476 habitantes de Melilla.

Ceuta se localiza al sur del Estrecho de Gibraltar, en la Península de Almina. Está separada de Marruecos por una estrecha franja neutral y es un punto estratégico de primer orden debido a su situación geográfica.
Melilla por su parte ocupa la parte oriental del Cabo de Tres Forcas, cercano ya a la frontera argelina. 

Puerto de Melilla. Tanto el de Melilla como el de Ceuta tienen el estatus de puerto franco y ciertas ventajas fiscales


 Hay que señalar que Marruecos en la época en la que fueron conquistadas ambas ciudades distaba mucho de existir como un reino sino que estaba formado por diferentes tribus, normalmente enfrentadas entre sí ya que hasta Marruecos nunca se expandió el Imperio Otomano, poder centralizador islámico durante siglos. Por tanto, ni Ceuta ni Melilla fueron nunca marroquíes, simplemente porque Marruecos no existió hasta siglos después. Explico esto para dejar claro que la reivindicación marroquí sobre estas dos ciudades es por motivos puramente territoriales y estratégicos y no históricos.

Las Plazas Menores son más interesantes ya que también son mucho menos conocidas aunque recientemente han estado en el ojo de la noticia debido a la inmigración ilegal, que ha optado por intentar pasar a España a través de estas pequeñas islas.

Las Plazas Menores son el Peñón de Vélez de la Gomera, las Islas Alhucemas, las Islas Chafarinas y la Isla de Alborán. La pequeña isla de Perejil tiene un estatus controvertido y actualmente no es de soberanía española ni marroquí tras el incidente entre ambos países en 2002.

El Peñón de Vélez de la Gomera es un peñón situado a medio camino entre Ceuta y Melilla. Originariamente era una isla pero un terremoto en 1930 lo convirtió en una península ya que está unido al continente por un estrecho istmo de arena. Pertenece a España desde 1508, pocos años después de la conquista de Melilla por lo que también está enclavado en el proceso de expansión de la Corona de Castilla. Como las demás Plazas Menores, no tiene población estable aunque sí la tuvo en el pasado. Actualmente sólo hay en él una sección de los regulares del ejército español. 

Vista del Peñón de Vélez de la Gomera desde Marruecos


 Este Peñón, junto a las demás Plazas Menores, no pasaron a Marruecos por el mismo motivo que Ceuta y Melilla, porque nunca pertenecieron al Protectorado sino que pertenecían directamente al Reino de España.

Las Islas Alhucemas son otra de las Plazas de Soberanía Menores. Se trata de un pequeño archipiélago formado por un peñón (el Peñón de Alhucemas) y dos islotes llamados de Tierra y de Mar, muy cercanos a la costa marroquí. Las islas están situadas en una bahía en la que se encuentra también una pequeña ciudad llamada también Alhucemas (en época española, Villa Sanjurjo). Las islas de Mar y Tierra están desocupadas pero protegidas de la costa por un alambre de espino. El peñón de Alhucemas es algo más grande y tiene edificaciones de diferentes épocas, desde una iglesia a un aljibe para almacenaje de agua. Está ocupado permanentemente por un regimiento del ejército español.

Peñón de Alhucemas. Se observa su cercanía a la costa africana


 El Peñón fue entregado a España por el Sultán Muley Abdalá en 1560 a cambio de protección frente al Imperio Otomano. Sin embargo, no se hizo efectiva la soberanía española hasta el año 1673, bajo reinado de Carlos II.

Las Islas Chafarinas son de mayor tamaño que las Plazas anteriores. Se sitúan al este de Melilla, muy cerca ya de la frontera con Argelia. Están situadas a 4 km de la costa marroquí y están formadas por tres islas: la Isla del Congreso, la de Isabel II y la del Rey Francisco. Ya sólo los nombres indican la época en la que fueron conquistadas por España, en 1848, por lo que son las Plazas bajo soberanía española más reciente. Fueron ocupadas por el general Serrano y hasta esa época nadie las había reivindicado. 

Vista aérea de las Islas Chafarinas. En el centro, Isabel II y al fondo la del Congreso

 
 Están protegidas como Reserva Natural debido a su riqueza ecológica. Como las demás Plazas, además hay una guarnición militar.
La isla más grande es la del Congreso. Es una isla desocupada y en el pasado sólo se utilizó como presidio debido a que es una isla además muy escarpada y de difícil acceso. La Isla del Rey Francisco (Rey consorte de Isabel II), también está desocupada y sólo alberga (curiosamente) un cementerio civil. Por último la Isla de Isabel II sí alberga edificios y en el pasado llegó a tener una población de 1.000 personas. Entre los edificios destaca el faro, la Torre de la Conquista y la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, estos dos últimos de mediados del S. XIX.

Por último, destaco la Isla de Alborán, que da nombre a esa zona del Mediterráneo como Mar de Alborán. Al contrario que las Plazas Menores anteriores, no depende directamente del Gobierno de España sino que pertenece al Ayuntamiento de Almería y, por tanto, a Andalucía. Es una isla volcánica y se encuentra a mitad de camino entre la Península Ibérica y África. Al noreste hay un islote (llamado Islote de la Nube) que también pertenece a España. 

La Isla de Alborán desde el aire


 Fue conquistada tras la Batalla de Alborán en 1540, contra los corsarios berberiscos. Fue una de las primeras batallas de la Armada Española unificada de las Coronas de Castilla y Aragón. Sin embargo, la isla no pertenecería a Almería hasta 1884, por disposición del Rey Alfonso XII. La isla está ocupada por un regimiento de Marina y es también Reserva Marina por su destacable fauna.

Habrá quien se pregunte para qué conserva España aún estas Plazas o su utilidad. Evidentemente, la mayoría no sirven de nada debido a su escaso tamaño y a su situación pero considero que España no debe ceder estos territorios puesto que detrás de ellos vendrían más reivindicaciones territoriales por parte especialmente de Marruecos, que siempre ha reivindicado Ceuta y Melilla (aunque, como hemos visto, nunca han pertenecido a dicho país) e incluso las Islas Canarias que tienen aún menos vínculos con Marruecos. Por tanto, estas Plazas, a pesar de su escasa (o nula) utilidad deben seguir siendo islotes españoles en medio de la costa norteafricana pero que al menos deberíamos conocer todos. 

Fuentes: 

VVAA, Atlas de Historia del Mundo. Barcelona: Parragon Books (2006)
Mediateca El País:   http://politica.elpais.com/politica/2012/09/07/actualidad/1347043637_753978.html 

Fotografías: 

http://commons.wikimedia.org/ 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Restos del Imperio Español I: ¿Micronesia española?



 Zona delimitada de la Capitanía General de Filipinas hasta 1898
Sí, no lee mal. Aunque parezca increíble España posee legalmente cuatro pequeños conjuntos de islas en la Micronesia, en pleno Océano Pacífico.

Antes de meternos en cómo puede ser esto posible y en por qué no aparece en nuestros mapas como sí aparecen las “resucitadas” Plazas de Soberanía en las costas de África, hay que tener en cuenta la geografía, ¿Dónde demonios se sitúa Micronesia?

El continente de Oceanía es motivo de controversia para los geógrafos de todo el mundo. Para los de idiomas derivados del latín, entre ellos el castellano, Oceanía es un continente dividido en varias zonas según su tipología: Australasia (la enorme isla-continente de Australia más las islas de Nueva Zelanda y Tasmania), Melanesia (la isla de Nueva Guinea más algunas adyacentes como las Salomón o las Bismarck), Polinesia (la zona más cercana a América y la última en la que pone el Sol de la Tierra) y, por último, la que nos ocupa, Micronesia, que está formada por miles y miles de pequeñas islas entre Nueva Guinea, las Filipinas y Japón. Entre los principales archipiélagos están las islas Carolinas, las Palaos, las Marianas y las Marshall.

Como ven, millones de islas, muchas de ellas de origen volcánico y, más comúnmente, coralino, de las que la mayoría tienen muy pequeño tamaño. Ahí estarían los cuatro minúsculos archipiélagos que son legalmente de España.

 Mapa de 1858 con las posesiones españolas en el Pacífico
El Imperio Español es conocido especialmente por sus vastas posesiones en el continente americano pero, como dijo el Rey Felipe II, en dicho Imperio no se ponía el Sol. Incluía también territorios en África, Asia y Oceanía además de atribuir a españoles el descubrimiento de la Antártida.
Los territorios en Asia eran básicamente las Islas Filipinas, llamadas así por el mismo Felipe II. Sin embargo, menos conocida es la colonización de las miles de islas de Micronesia al completo que, de hecho, tienen en su mayoría nombre español todavía hoy (Carolinas, Marianas). Cuando se independizaron las colonias americanas a principios del S. XIX, España conservó sus territorios en Asia, África y Oceanía pero la Guerra Hispano-Estadounidense terminó de liquidar el Imperio Español en 1898. El llamado Desastre del 98 hizo perder a España Cuba, Puerto Rico y las Filipinas y es aquí donde entroncamos con nuestra historia. La pérdida de Filipinas hizo que mantener el resto de las islas de Micronesia fuera muy difícil para una potencia en clara decadencia por lo que España optó por vendérselas a una emergente Alemania que ya tenía intereses en la zona. Así, en 1899 España vendió las Carolinas y las Palaos (las Marianas habían pasado, como las Filipinas, a Estados Unidos) al imperio germano.

Podría pensarse que aquí acabó la Historia de España en el Pacífico y así lo creía yo mismo hasta ayer pero no es así. Ni el tratado de paz con Estados Unidos ni en el posterior tratado con Alemania se cedía cuatro pequeños archipiélagos ubicados en diferentes zonas de Micronesia. Esas islas son: Guedes, Coroa, O Acea y Pescadores.

Concretamente, Guedes se halla en las Marianas y O Acea en las Carolinas. Coroa es también conocida como Arrecife y las Pescadores son varias islas de pequeño tamaño. Algunas de ellas (no sabemos muy bien cuáles) están habitadas por pescadores de los Estados Federados de Micronesia, una ocupación que, aparentemente, es legal ya que España no ha reivindicado su soberanía en estos cien años.

¿Por qué España no ha reivindicado estas islas a pesar de que, legalmente, siguen siendo suyas? El motivo parece claro: su escaso interés estratégico y su pequeño tamaño han hecho que España no haya tenido interés en reivindicarlas. Fue en 1949 cuando el investigador del CSIC Emilio Pastor y Santos se percató de que estas islas no habían sido incluidas en ninguno de los tratados de 1898 y 1899 por lo que podrían ser reclamadas. El Gobierno del dictador Franco prefirió esperar debido a la situación de aislamiento en la que se hallaba en esa época y, una vez ingresó en la ONU, tampoco se interesó en reclamarlas quedando la situación, por tanto, exactamente igual hasta el día de hoy. Así, son españolas pero a la vez no lo son en una especie de limbo legal que envuelve a estos lejanos restos del Imperio.  

Fuente: 
http://www.abc.es/20110701/espana/abci-desconocidas-islas-espanolas-pacifico-201107011608.html#disqus_thread    

Triumph

La serie Roma de HBO destacó especialmente por sus impresionantes decorados (muy fieles a la Roma republicana del S. I a. C) de Cinecittà y por su magnífica banda sonora. Os dejo esta parte, llamada Triumph, que acompaña los momentos de mayor gloria tanto de Julio César como de su sobrino nieto y heredero Octavio, a la postre César Augusto, primer emperador de Roma.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Ay, Catalunya, Cataluña




1640 fue un año decisivo para España. En ese año hubo dos importantes rebeliones simultáneas en la Península Ibérica. Para entender su importancia podemos comparar España (que desde 1580 estaba unida dinásticamente con Portugal) con un navío cuyos remos salen por sus costados. Costados que, en 1640, se rebelan poniendo a la Monarquía Hispánica contra las cuerdas. Portugal y Cataluña  se rebelan a la vez en 1640 pero con un resultado muy diferente: Portugal consigue separar su destino del resto de la Península Ibérica y será un Estado independiente hasta el día de hoy. Cataluña por su parte fracasa en el intento y las tropas españolas sofocan la rebelión. 

Años más tarde, con la Guerra de Sucesión española (1700-1714), Cataluña de nuevo es protagonista. Apoyó al candidato austriaco hasta el final, incluso cuando la guerra ya había terminado y las potencias europeas ya habían aceptado al Borbón Felipe V como Rey de España a cambio de pingües beneficios territoriales (como Gibraltar, que pasó a Gran Bretaña y, como es perfectamente sabido, no volvimos a recuperarlo). ¿Qué temía Cataluña de los Borbones? Su política centralista en un Estado que, bajo la batuta de los Austrias, había destacado por su relativa descentralización, en especial en la Corona de Aragón. Como temían, tras la toma de Barcelona el nuevo Rey de España suprimió los fueros históricos de Cataluña con los Decretos de Nueva Planta creando así el primer agravio hacia los catalanes. 

Durante siglos Cataluña ha encajado en España. Un encaje complicado pues resultó ser la primera región en industrializarse en España, la más abierta a las nuevas costumbres y hábitos que llegaban de Europa, y la más dinámica económicamente. No es de extrañar pues que en el S. XIX, con la aparición del nacionalismo, éste encontrara un fuerte calado en Cataluña. Els Segadors, la Senyera, etc, símbolos del pueblo catalán que ya existían previamente, se convirtieron en cabezas de ese nacionalismo inicial. El siglo XX fue de intensificación pero también de una cierta mejoría en el encaje de Cataluña en España. Me explicaré. 

Con la Primera Guerra Mundial, la neutralidad del Gobierno de Madrid fue increíblemente beneficiosa para Cataluña. La industria catalana aprovechó la matanza entre la mayor parte de los europeos para vender sus productos a ambos bandos. La economía catalana (y por tanto la española) creció mucho en esa época beneficiando el encaje de Cataluña en España. En los años 20, el dictador Miguel Primo de Rivera a pesar de apoyarse en milicias catalanas, suprimió la Mancomunidad de Cataluña allanando el camino a Esquerra Republicana de Catalunya.
En la II República la inestabilidad alcanzó de lleno a Cataluña y en 1934 se llegó a proclamar el Estat Català dentro de una supuesta República federal española. Aún así, se mantuvo la unidad del país. 

La Guerra Civil fue el punto culmen de la inestabilidad y el odio entre facciones. Cataluña permaneció fiel a la República e incluso Barcelona fue su capital en los últimos meses de la guerra tras haber tenido que trasladar la capitalidad primero a Valencia y luego a Barcelona. El territorio fue conquistado por el ejército franquista tras la Batalla del Ebro en 1938.
El fin de la guerra abrió la larga y cruenta dictadura de Franco que supuso un fuerte agravio a Cataluña al suprimirse la autonomía que había conseguido durante la república y perseguirse el idioma catalán. Sí se benefició por su parte del desarrollismo económico de los 60, como el resto de España.

A la muerte del dictador en 1975 comenzó la Transición a la democracia. Los partidos nacionalistas catalanes resurgieron y reclamaron la autonomía. Tras un hábil acuerdo de  UCD, PSOE y nacionalistas, la nueva Constitución  recogió el derecho de las regiones españolas a acceder a una amplia autonomía. Cataluña fue, con el País Vasco, la comunidad que más rápidamente accedió a la pre-autonomía y en redactar un Estatuto propio. Las ansias secesionistas habían quedado aplacadas temporalmente. Convergència i Unió, la federación de los nacionalistas catalanes liberales y democristianos, ganó las primeras elecciones autonómicas de 1980 y su líder, Jordi Pujol, aceptó el encaje de Cataluña en España sin mayor problema. Cuando Barcelona apostó por la posibilidad de poder realizar los Juegos Olímpicos, el Gobierno de España aceptó y apoyó la candidatura consiguiendo realizar los Juegos de 1992, los cuales fueron un éxito rotundo para Cataluña y España. 

Sin embargo, desde 1992 hasta ahora la situación ha ido tensándose de manera peligrosa. La independencia, algo muy lejano en 1992, ahora se plantea abiertamente en Cataluña como se vio en la última Diada con la mayor manifestación independentista de la Historia de España. La crisis económica que atraviesa España (incluida Cataluña) desde 2008 ha influido mucho en el aumento del sentimiento independentista. También el cambio de postura de algunos partidos. CiU, que en su día colaboró en la redacción de la Constitución, ahora utiliza la palabra independencia y secesión aunque su objetivo (al menos en principio) sea la creación de un concierto económico para Cataluña. 

Mientras tanto, gran parte de los españoles observan esto sin entenderlo del todo. ¿Por qué esa sensación de agravio en Cataluña? Yo soy de Madrid pero la entiendo. Sólo tengo que recordar el pago de peajes bárbaros en Cataluña desde hace muchos años, el retraso en las obras del AVE, la inexistencia del famoso Corredor Mediterráneo que perjudica a Cataluña, la campaña de la derecha contra su nuevo Estatuto, etc. Si el resto de España quiere que Cataluña se sienta integrada en nuestro país, debemos empezar por entender de dónde ha salido ese sentimiento de rechazo hacia España y a favor de la secesión. Quizá sea hora de apostar por el Corredor Mediterráneo, por el AVE Barcelona-Valencia o porque la cuota de solidaridad sea más razonable para todas las regiones. 

Por otra parte, no creo en la independencia de Cataluña. Respetaré la opinión y, si se da, la decisión de los catalanes pero yo considero a Cataluña una parte fundamental de España, relacionada estrechamente con el resto del país por motivos culturales, históricos y sociales, lazos que nada ni nadie puede eliminar.