jueves, 31 de julio de 2014

Pucherazos nazis



Que Adolf Hitler llegó al poder inicialmente por las urnas es bien conocido y puesto de ejemplo de cómo un partido ultra pero populista en tiempos de crisis pudo hacerse con el poder como advertencia futura siempre presente.

El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP con sus siglas en alemán), comúnmente conocido como Partido Nazi, primero ganó las elecciones parlamentarias de julio de 1932 con 230 escaños de 608, es decir, mayoría simple, seguido de los socialdemócratas y de los comunistas.
Ante la imposibilidad de formar gobierno, el presidente de la República convocó nuevos comicios para noviembre del mismo año, que volvieron a ganar los nazis pero por un margen aún más estrecho: 196 escaños de un total de 584, seguido de nuevo por socialdemócratas y comunistas.

Como se ve en el gráfico los nazis (negro) se quedaron muy lejos de la mayoría absoluta. Socialdemócratas (naranja) y comunistas (rojo) les seguían. Como bisagra quedaron los centristas (amarillo).


De nuevo se repitió la situación y se convocaron para marzo de 1933 nuevas elecciones que, esta vez sí, ganaron los nazis por una abultada diferencia aunque sin mayoría absoluta: 288 escaños de 647. Esta victoria se debió a la fuerte intimidación que llevaron a cabo contra las fuerzas de izquierdas. Las Camisas Pardas dominaban la calle y la atmósfera era cada vez más represiva. Adolf Hitler se convirtió en canciller y formó gobierno. 

Los nazis aumentaron su representación ante la intimidación a la que sometieron a sus rivales.


Esas fueron las últimas elecciones “libres” (teniendo en cuenta la presión nazi, las comillas están más que justificadas) de Alemania. El incendio del Reichstag días antes de los comicios, atribuido por los nazis a los comunistas, fue utilizado como pretexto por los primeros para urdir la ilegalización del Partido Comunista y para encarcelar a todos sus dirigentes. El paso siguiente fue acabar con la democracia parlamentaria desde dentro. Para ello, el Partido Nazi presentó en el parlamento la Ley Habilitante el 23 de marzo. Dicha ley entregaba todo el control legislativo a Hitler, iniciar enmiendas constitucionales y firmar tratados con naciones extranjeras. Sin embargo, la ley dejaba las competencias al presidente de la República. Una ley así suponía un auténtico harakiri del parlamento pero la intimidación del gobierno nazi era tal que todos los diputados votaron a favor excepto los socialdemócratas (recordemos que los comunistas estaban encarcelados). Finalizaba así la República de Weimar y la democracia en Alemania. 
 Cartel electoral para las elecciones de noviembre de 1933: "Un Pueblo, un Führer, un SÍ".

Ya solo quedaba eliminar los demás partidos, ilegalizándolos. Solo quedó un partido, el Nazi. En las siguientes “elecciones” de noviembre de 1933 solo hubo una lista presentada, la nazi, por lo que consiguieron todos los escaños del parlamento. Evidentemente las elecciones estaban amañadas y se celebraron sin garantía de voto secreto, y con presiones para votar a favor. Aún así, se contaron algo más de tres millones de votos nulos. La lista incluía 22 miembros no nazis “invitados”, procedentes de antiguos partidos como los nacionalistas o los centristas que se habían avenido a participar en el régimen nazi. Además, los nazis hicieron coincidir la convocatoria electoral con un referéndum para la retirada de Alemania de la Sociedad de Naciones, considerada un instrumento de los aliados. Evidentemente, el sí fue abrumador. 
 Los nazis consiguieron todos los escaños del parlamento ante la ilegalización del resto de los partidos.

Entre estas elecciones y las siguientes ocurrió un suceso importante. En 1934 moría el presidente Hindenburg y Hitler ya podía quedarse también con ese título. Pasaba a ser el Führer, título que incluía tanto la jefatura del Estado como la del gobierno (presidencia y cancillería respectivamente) completando la dictadura.

El siguiente pucherazo electoral nazi vino en 1936. Como en 1933,  las “elecciones” legislativas coincidieron con un referéndum, esta vez para votar sobre la remilitarización de Renania, una de las cláusulas del Tratado de Versalles de 1919. Los resultados fueron tan evidentes como su manipulación: un 99 % de participación de los cuales un 98.80 % votó a favor de los nazis por un 1.20 % que votaron en contra o nulo.

La última convocatoria “electoral” del régimen nazi fue en 1938 y como en las anteriores volvió a coincidir con un referéndum, esta vez para aprobar la anexión de Austria (Anschluss) a Alemania. De nuevo los resultados fueron totalmente favorables a los nazis, un 98.93 % votó sí a la lista nazi y a la anexión de Austria un 99.73 %.

Como clara evidencia del pucherazo tenemos una de las papeletas utilizadas en la que se ve que el círculo del sí (ja) aparece mucho más grande que el del no (nein) induciendo al voto favorable, aunque teniendo en cuenta el ambiente represivo del régimen alemán y la ausencia de voto secreto casi no haría falta tomar medidas como estas. 


Alemania vivió sin elecciones durante once años. A la derrota del régimen nacionalsocialista siguió una etapa de ocupación del país por parte de los aliados hasta que en 1949 los occidentales unificaron sus zonas creándose la República Federal Alemana, que convocó elecciones que ganaron los democristianos de Adenauer, seguidos por los socialdemócratas. En la Alemania del Este los soviéticos sustituyeron una dictadura por otra de distinto signo pero también con elecciones manipuladas.

miércoles, 30 de julio de 2014

Microrrelato: Gruñidos animales


Subo las escaleras y los oigo. Son reconocibles metros más abajo pero ya sé de qué se trata: gruñidos animales. Llego a mi destino y comienzo a verlos: anchas espaldas, brazos como jamones y rostros de gladiador come-ajos levantando decenas de kilos intentando mantener cuerpos como puertas. Y los gruñidos animales surgiendo de sus gargantas.
No me paro a observar mucho más: ya conozco el panorama y mi presencia como elemento curioso, junto a abuelas y otros como yo. Me dedico a hacer mis ejercicios con calma, paciencia, aguantando que algún elemento gruñidero acapare alguna máquina pensando que es el único ser vivo de la Galaxia o, al menos, de la sala.
Acabo mi tabla y me dispongo a irme. Último vistazo a la habitación, en la que los gruñidos animales continúan desde sus puestos y con las mismas caras contorsionadas. De terror.

Fin.

lunes, 21 de julio de 2014

¿Cómo comenzó el conflicto entre palestinos e israelíes?



¿Cómo comenzó el conflicto árabe-israelí? Estos días vivimos una nueva confrontación armada entre palestinos e israelíes llamada por el Estado hebreo Operación Margen Protector alegando defensa de su territorio ante los ataques con cohetes desde la Franja de Gaza, controlada por la organización islamista Hamás.

Este conflicto, que ya tiene más de 90 años de duración, comenzó ya en época del Imperio Otomano. Palestina era una región de paso para muchos de los imperios de la Historia y allí había nacido la primera religión monoteísta, el judaísmo. La fuerte identidad de los judíos permitió que su religión sobreviviera a los siglos, exilios y diásporas diversas debido a su condición hebrea. Son conocidos ampliamente los recelos de los cristianos hacia ellos y un ejemplo cercano fue su expulsión en 1492 de la España de los Reyes Católicos.

Desde siglos atrás, Palestina llevaba bajo ocupación de los turcos otomanos, que desde Estambul controlaban un enorme imperio que se llegó a extender por Europa, Asia y África. Sin embargo, a finales del siglo XIX era el llamado “hombre enfermo de Europa” debido a su debilidad. Aprovechando ésta se habían independizado países en los Balcanes y los europeos se habían apoderado de territorios hasta entonces controlados por los turcos como Libia o Egipto.

La independencia de los países de Oriente Próximo se fraguó con la caída definitiva del Imperio Otomano. Su participación en la Primera Guerra Mundial del lado alemán y austriaco condujo a su derrota por parte de los británicos y al fin de su imperio. Durante la guerra los británicos se habían granjeado el apoyo de los árabes prometiéndoles la independencia y la creación de una nación árabe a partir de todos esos territorios, Palestina incluido. Por entonces ya estaban empezando a llegar a la zona muchos judíos, perseguidos cruelmente en muchos países, destacando Rusia, donde los pogromos eran frecuentes con miles de judíos asesinados como chivo expiatorio de los desastres de la Madre Rusia. Su llegada fue paulatina y progresiva, comprando parcelas a muchos propietarios árabes para ganarse la vida cultivando tanto en parcelas privadas como comunales, los llamados kibutz.

En 1920 el Tratado de Sèvres fulminaba el Imperio Otomano y los territorios en Oriente Próximo pasaban a estar regidos por Francia y Reino Unido bajo estatus de protectorados de la Sociedad de Naciones. El objetivo era prepararlos para una independencia futura. Turquía quedaba reducida a su actual extensión en la península de Anatolia y Estambul en la zona europea. El reparto quedó configurado de tal manera que Francia gestionaría el protectorado en el Líbano y en Siria, y Gran Bretaña sobre Irak (bajo estatus de reino) y sobre Palestina, agrupación de las actuales Israel, Palestina y Jordania. La zona jordana, entonces llamada Transjordania, estaba regida por un rey, el primero de la todavía reinante dinastía Hachemita. 


Antes de este reparto Gran Bretaña ya había presentado la famosa Declaración Balfour, por la cual se comprometía a establecer en Palestina un “hogar nacional judío”. Mientras, la llegada de judíos inmigrantes continuaba a pesar de las cada vez mayores trabas de la administración británica. Los conflictos entre la comunidad palestina musulmana y la palestina judía fueron en aumento y los disturbios fueron aumento su intensidad con muchos muertos y heridos en ellos, lo que enrareció el ambiente. Además, la llegada masiva de judíos en la década de 1930 debido a la llegada al poder de los nazis en Alemania no hizo más que complicar la situación ante la incapacidad británica de gestionar el problema.

Después de la Segunda Guerra Mundial y de descubrir el mundo el Infierno de los campos de exterminio nazis, Gran Bretaña dejó en manos de la recién creada ONU qué hacer con Palestina. Después de realizar estudios en el terreno en 1947 se decidió la creación de dos Estados, uno judío y otro árabe musulmán. Jerusalén, ciudad santa, quedaría bajo control internacional. En el mapa se ve el plan de los dos Estados que se propuso entonces.

 
Los árabes no aceptaron esta decisión. Ellos llevaban siglos viviendo en Palestina y se negaban a abandonar parte del territorio a favor de los judíos, la mayoría de los cuales habían llegado hacía como mucho 40 o 50 años. Los británicos se mantuvieron en Palestina hasta mayo de 1948 sin poder contener lo que ya se había convertido en una guerra civil entre musulmanes y judíos por el control de cada palmo de terreno palestino. El 14 de mayo de ese año David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel, un día antes de la marcha definitiva de las fuerzas británicas. Dicha independencia fue rápidamente reconocida por Estados Unidos, la Unión Soviética y muchos otros países.
La respuesta de los países árabes fue la guerra comenzando así la llamada Guerra Árabe-Israelí, que duraría hasta 1949. Los ejércitos árabes de Siria, Jordania, Irak, Líbano y Egipto, descoordinados, fueron derrotados por los israelíes. La firma de la paz distó mucho de resolver el problema. Israel excedió los territorios acordados por la ONU y el resto, Gaza y Cisjordania, quedó bajo mandato de Egipto y Jordania respectivamente.

La segunda guerra se daría en 1956 debido a la decisión de Egipto de nacionalizar el Canal de Suez, cuyos mayores accionistas habían sido empresas británicas y francesas, y de impedir el tráfico a Israel. La intervención de Francia, Gran Bretaña e Israel en este asunto fue abortada por las nuevas superpotencias hegemónicas, Estados Unidos y la Unión Soviética, que rechazaban que este conflicto pudiera llegar a más en plena Guerra Fría entre ellas.

La tercera guerra árabe-israelí estalló en 1967 y se la denomina la Guerra de los Seis Días. Esta vez fue Israel el que empezó la confrontación ante la tensión que se respiraba en la zona (¿no hay mejor defensa que un buen ataque?). En una rápida guerra, de ahí su nombre, se hizo con el control de toda Palestina al ocupar Cisjordania y Gaza además de conquistar a Siria los Altos del Golán y a Egipto toda la península del Sinaí. Es en esta época cuando muchos palestinos se exiliaron en las vecinas Jordania y Líbano, sumándose a sus compatriotas ya exiliados desde muchos años atrás, después de la primera guerra. 

Ante la incapacidad de ganar a Israel en el campo de batalla, se creó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dirigida por Yasser Arafat. Desde 1969 se hicieron frecuentes los atentados terroristas contra los intereses occidentales además de contra los gobiernos árabes que se mostraran transigentes con Occidente. De ahí su represión en países como Jordania, donde se dio el Septiembre Negro en 1970 contra la población palestina allí exiliada.

La cuarta guerra árabe-israelí se dio en 1973 y se la denomina Guerra del Yom Kippur, debido a que los musulmanes atacaron en plena fiesta judía del Yom Kippur. El objetivo era recuperar los territorios perdidos en la guerra de 1967 pero fracasaron estrepitosamente. Como respuesta al apoyo dado por Estados Unidos a Israel, los países de la OPEP (controlada por los países árabes productores de petróleo) subieron los precios del crudo y reduciendo la producción. Esto produjo la crisis económica de los años 70, que afectó gravemente a Occidente.

Por otro lado, la unidad de los árabes ante Israel se resquebrajó cuando en 1978 Egipto firmó con Israel el acuerdo de paz de Camp David mediante mediación de Estados Unidos. Así, Egipto reconocía a Israel y a cambio recuperaba el Sinaí. En 1974 la OLP había sido admitida en la ONU y había renunciado al terrorismo.

En los años posteriores hubo más conflictos, esta vez en el norte debido a la situación generada por la guerra civil en Líbano. Israel respondió a ciertos ataques a su territorio ocupando el sur del Líbano en 1982. A finales de la década se pacificó el país e Israel se retiró. 

Ante la fuerza israelí y el nulo avance de los palestinos, Arafat inició una protesta civil de la población árabe en las tierras ocupadas de Gaza y Cisjordania, la llamada Primera Intifada de 1987. las mediaciones internacionales y el deseo de cerrar el conflicto llevaron a la ONU a exigir a Israel la retirada de las zonas ocupadas y se dio la Conferencia de Madrid de 1991 como paso previo a la Conferencia de Washington de 1993 donde por primera vez se llegó a una negociación directa entre palestinos e israelíes que consiguieron los Acuerdos de Oslo: se partió del mutuo reconocimiento y a partir de ahí se estableció el compromiso de la retirada israelí de Cisjordania y Gaza concediendo la autonomía a estas regiones. Se creó la Autoridad Nacional Palestina, el gobierno del nuevo Estado palestino, reconocido en 2012 por la ONU. 


Los principales conflictos desde entonces vienen dados por las resistencias en ambos bandos al proceso. En el lado palestino, las organizaciones más radicales como Hamás no han aceptado este proceso de independencia por regiones, y en el lado israelí hay resistencias por parte de los colonos asentados desde hace décadas en los territorios palestinos y que se niegan a retirarse de la zona, y de los sectores más conservadores de Israel, que se niegan a negociar hasta que no finalicen los atentados y ataques terroristas de todas las organizaciones palestinas. Actualmente, el primer ministro israelí pertenece al Likud, partido enmarcado en esa línea por lo que el proceso está gravemente frenado y, con la ofensiva actual sobre Gaza, en peligro. Además, los palestinos están divididos desde 2008, cuando Hamás se hizo con el control de la Franja de Gaza, la cual aún controla. Por su parte, la Autoridad Nacional Palestina sigue controlando Cisjordania con el partido moderado Fatah en el gobierno. Entre los retos futuros estará continuar la retirada de la ocupación judía de los territorios palestinos y determinar el estatus de Jerusalén, cuya zona este es reclamada como capital de Palestina por los musulmanes. Ojalá consigan llegar a un acuerdo que traiga la paz a una tierra que no la conoce desde 1920.

jueves, 17 de julio de 2014

Poema a Torrejón de Ardoz

 
 Construcción de la Base Aérea en 1956. Al fondo de la imagen se ve Torrejón cuando era aún un pequeño pueblo agrícola. La influencia de la Base constribuyó al cambio radical del municipio.

Ayer me llevé una gran sorpresa cuando encontré un libro en mi biblioteca familiar que se llama Lenguaje de Invierno que incluye muchos poemas del escritor César Verges, con prólogo del magistral Francisco Umbral.

La sorpresa vino cuando, hojeando los poemas, me encontré con un poema a Torrejón de Ardoz, mi municipio y que jamás habría pensado que pudiera ser inspiración de un poema pero ahí estaba.

Es por ello por lo que quiero compartirlo con vosotros/as a ver qué os parece:

Naciste en tierras labradas
entre animales y estiércol,
como tantos otros pueblos
agricultor, ganadero.

Tus hombres y tus mujeres
a flor de tierra, serenos,
frentes pobladas de arrugas
que son la huella del tiempo.

¡Cuánto han cambiado las cosas!
Has crecido tan enorme
que a penas ha dado tiempo,
ahora tienes un problema,
ni eres capital ni pueblo.

¡Qué horror y que desmesura!
¡Qué pésimo crecimiento!
tienes la estructura joven
pero el interior muy viejo.

¿Qué fue de tus labradores,
tus animales, tu estiércol,
y qué pasó con las flores,
dónde están que no las veo?

Los árboles están secos
de no conocer el viento,
no crecen ni las ortigas
para no pagar su precio.

Y la hierba no se arriesga
porque el sol ya no penetra,
a fuerza de retenerlo
entre el humo y el cemento.

¡Ay pueblo de Torrejón!
qué dirán los que te vieron.

Tú no conociste el chicle
hasta que llegaron ellos,
te cogieron por sorpresa
y ahora lo estás sufriendo.

¿Y qué te dieron a cambio?,
ruidos, olores, peligro,
“mala leche” y desconcierto.

¡Ay pueblo de Torrejón!
a que precio te vendieron.

Aquí llegaron las huestes,
y especulando el terreno
levantaron las industrias
sin orden y sin concierto.

Alrededor de las industrias,
grandes monstruos
de ladrillos con cemento
se levantan provocando
al que va a vivir en ellos.

¡Ay pueblo de Torrejón!
Quiero reparar tus daños
sin tener la solución.
Sólo te entrego mi canto
como pequeño homenaje
de nuestra generación.

Torrejón hasta mediados del siglo XX no había sufrido muchos cambios. Era un pequeño pueblo, típico castellano, con alrededor de 3.000 habitantes (5.000 a lo sumo) que se dedicaban principalmente a las actividades agrícolas, agricultura y ganadería. El actual casco antiguo del municipio incluye las calles primitivas y los alrededores eran eras de cultivo. En el poema se habla precisamente de esos cambios que el pueblo sufrió en época del autor. Debido a su cercanía a Madrid y a su situación en la Nacional II, Torrejón recibió un enorme número de inmigrantes de otras regiones españolas en solo dos décadas llegando a más de 70.000 habitantes a finales de los años 70. Ese rápido crecimiento trajo desconcierto y una pésima organización del urbanismo torrejonero, que aún hoy se percibe en algunos aspectos. Como dice Verges, “no es ni capital ni pueblo” sino lo que en inglés se denomina town una ciudad pequeña cercana a la City, la gran urbe de la que depende.

También hay que aclarar otro punto del poema, concretamente en el que dice que “tú no conociste el chicle hasta que llegaron ellos…”. Se refiere a los estadounidenses, que llegaron a Torrejón en 1956, con la construcción de la Base Aérea en virtud de los acuerdos que España firmó con Estados Unidos de colaboración. Así, USA daba dinero a una España ahogada por la autarquía y a cambio ésta le permitía la instalación de bases militares en su territorio, una de ellas Torrejón. Verges es muy crítico con los americanos, considerando que trajeron grandes perjuicios a la localidad, “ahora lo estás sufriendo”.

sábado, 5 de julio de 2014

El reparto de África



A finales del siglo XIX las potencias europeas ya habían dejado claras sus ansias de colonias y el único continente que estaba aún casi completamente libre era África.

En los siglos precedentes el continente más ansiado había sido América, en el que España y, en menor medida Portugal, Gran Bretaña y Francia, habían tenido la voz cantante. Sin embargo, desde que Estados Unidos se independizara en 1776 y las colonias españolas y portuguesas se emanciparan en las primeras décadas del siglo XIX, América había empezado a dirigir su propio destino con algunas excepciones como las islas caribeñas y las Guayanas. El otro continente a colonizar, Asia, era sede de culturas milenarias, muy rica y ansiada desde época medieval. Pese a ello, la gran colonia asiática, la India, llevaba en manos británicas desde el siglo XVIII, y el resto del territorio o se mantendría neutral con obligación de beneficiar a los europeos y sus negocios (como China, Afganistán y otros) o eran potencias por sí mismas (como Rusia o Japón). Lo demás, Birmania, Indonesia, la Cochinchina y Oriente Próximo, ya estaban ocupados por británicos, holandeses, franceses u otomanos.

Por tanto, a mediados y finales de siglo solo quedaba África por colonizar. Este continente en realidad estaba en gran parte inexplorado por los europeos. Solo se conocían sus líneas costeras mientras que parte del interior, de las selvas ecuatoriales y del desierto saharaui eran lugares incógnitos sobre los que llegaban noticias lejanas y no siempre ciertas. Así, comenzó primero la exploración del interior mediante expediciones que penetraron por los grandes ríos africanos, como el Níger y el Congo. Esto sirvió para un primer contacto con los pueblos nativos y para hacerse una idea de la enormidad continental. Además, contrariamente a la creencia generalizada, África era también un continente rico en muchas zonas y no montañoso y pobre como se creía anteriormente frente a la gran riqueza de América y Asia.

Hay que destacar que había zonas costeras en las que los europeos ya tenían asentamientos. Los españoles llevaban siglos asentados en el norte de Marruecos y en Canarias, y los portugueses tenían factorías en el golfo de Guinea y en otras zonas del sur. Pero lo que se pretendía en el siglo XIX era mucho más que eso: era repartirse el continente como una auténtica tarta y para hacer valer sus derechos debían llegar antes a esos territorios que sus adversarios colonialistas en una carrera no exenta de tensiones que motivaron la celebración de cumbres internacionales para limar asperezas entre potencias. Las más destacadas fueron la Conferencia de Berlín en 1884 y 1885, en la que se hizo efectivo el reparto del continente; y la de Algeciras en 1906 para frenar la crisis de Marruecos entre Francia y Alemania como prelegómeno de la Primera Guerra Mundial.
 Por colores: británicas (rosado), francesas (azul), alemanas (verde azulado), italianas (verde), portuguesas (morado), belgas (amarillo), españolas (fucsia) y países independientes (gris). Las fronteras corresponden a los Estados actuales.

Gran Bretaña y Francia eran las dos principales potencias del momento, en especial la primera, ya que París había salido perjudicada de su derrota en las Guerras Napoleónicas. Lo que intentaron ambas fue crear imperios gigantescos y continuos. En el caso británico de norte a sur de África, desde sus asentamientos de Egipto (en régimen de protectorado) hasta El Cabo, en Sudáfrica. Esta sería una enorme franja y además la más rica del continente, lo que garantizaría su posición como superpotencia mundial. Y casi lo consiguió ya que este imperio continuo solo se vio interrumpido por el África Oriental Alemana (actual Tanzania) pero solo hasta la Primera Guerra Mundial. Para compensar, los británicos poseyeron también grandes enclaves en otras zonas, como Nigeria, Ghana, Sierra Leona, Gambia y el norte de la actual Somalia. Era un gran imperio que le dio a finales del XIX muchas complicaciones, especialmente en Sudán (con la rebelión del Mahdi) y en Sudáfrica (con la guerra de los bóers). El dominio continental se vio completado con un dominio marítimo por medio de bases navales con las que controlaba el mar Mediterráneo, el golfo de Guinea y el mar Rojo además del importante Canal de Suez, con el que se comunicaba la metrópoli de manera más rápida con su imperio afroasiático.

En el caso francés el intento fue crear un imperio de oeste a este del continente, pero fracasó debido a que los británicos ocuparon antes Sudán. Los franceses tenían bases ya en Senegal, en el oeste, y en la actual Djibuti, en el este. Unir ambos extremos fue imposible y estuvo a punto de provocar una guerra de consecuencias impredecibles cuando ambos ejércitos se encontraron en Sudán, la llamada crisis de Fachoda. Finalmente, los franceses retrocedieron y Gran Bretaña completó la ocupación de Sudán. A pesar de ello, los franceses tenían el segundo imperio en extensión, aunque claramente menos rico: todo el Sahara, Argelia, Túnez, gran parte de Marruecos, Gabón y el Congo francés, Costa de Marfil, Guinea, Madagascar y Djibuti. Una gran extensión, por tanto, en la que los franceses mimaron especialmente a su particular joya de la corona: Argelia, que se convirtió en una colonia de poblamiento. 
 Mapa del continente africano en francés de alrededor de 1911.

Las demás potencias llegaron más tarde al reparto y, por tanto, recibieron mucho menos que las anteriores. Alemania e Italia, que habían completado sus propias unificaciones en las décadas de 1870 y 1860 respectivamente, solo pudieron hacerse con algunos enclaves y en ningún modo crear imperios continuos. Alemania concretamente colonizó las actuales Tanzania (la espina de Gran Bretaña por cortar su imperio continuo), Namibia, Camerún y Togo. Italia poseyó gran parte de lo que hoy es Libia, Eritrea y casi toda Somalia hasta la Segunda Guerra Mundial. Sus intentos codiciosos de conquistar Etiopía (entonces llamada Abisinia) fracasaron y este país se mantuvo independiente hasta que fue ocupado por la Italia de Mussolini en 1936. Etiopía fue, junto a Liberia, los dos únicos países que lograron mantenerse neutrales cuando se dio el reparto. En el caso de Liberia, era Estados Unidos el garante de su independencia como lugar a donde iban emigrantes afroamericanos.
Las potencias restantes eran menores: Bélgica, España y Portugal, pero aún así lograron territorios reseñables. Portugal, gracias a su alianza con Gran Bretaña, mantuvo territorios que ocupaba desde siglos antes y los afianzó, como Guinea Portuguesa (actual Guinea Bissau) y Angola y Mozambique, grandes colonias en el sur del continente que los portugueses intentaron unir inútilmente por la ocupación británica de Rhodesia y otros puntos entre ambas. Esto se completaba con las islas de Santo Tomé y Príncipe, en el golfo de Guinea, y de Cabo Verde.

Bélgica por su parte tuvo solo una colonia, pero de un tamaño tan reseñable que la convertía en una codiciada joya: el Congo Belga, actual República Democrática del Congo (quizá estudiada en el colegio por los mayores de 35 años como Zaire). Era muy rica y el mismo rey Leopoldo se convirtió en su dueño tras su conquista. Allí estableció un reino de terror en el que se abusó gravemente de los nativos en un genocidio que ocupa las peores páginas de la Historia de Bélgica. A la muerte de dicho rey, dejó en herencia a Bélgica el territorio y la vida de los congoleños mejoró progresivamente.

Para finalizar, España intentó recomponerse en África de la pérdida definitiva de sus últimas colonias ultramarinas tras la Guerra Hispano-Estadounidense. Sin embargo, logró solo migajas en el reparto y se le reconocieron derechos en el Sahara Occidental, Guinea Ecuatorial y una parte de Marruecos. Mientras que con el Sahara y Guinea no tuvo problemas, en el norte de Marruecos España se encontró con un avispero. Era una zona pobre y sin intereses económicos pero con tribus rifeñas que reaccionaron a la ocupación española de manera belicosa. La Guerra del Rif duró hasta 1925 cuando las tribus rifeñas fueron definitivamente derrotadas. Para la gestión de la parte marroquí, tanto España como Francia crearon sendos protectorados, para permitir a los nativos controlar los asuntos internos de Marruecos. Para más datos sobre el protectorado español en Marruecos, recomiendo visitar un artículo de este blog al efecto: http://elblogdecesarmb.blogspot.com.es/2013/02/trabajo-sobre-el-protectorado-espanol.html .

viernes, 4 de julio de 2014

Las superpotencias



Hay que señalar antes de empezar que el término “superpotencia” es moderno y se utiliza desde tiempos de la Guerra Fría. Por tanto, en este artículo se van a señalar superpotencias históricas pero a las que nunca se les llamó en su momento con dicho nombre.

La actual superpotencia, y además de manera clara, son los Estados Unidos de América, que ostenta el título de manera no oficial desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, debido a la caída definitiva de la influencia europea y por su expansión militar por todo el Orbe. Eso sí, como sabemos, tuvo que compartir el título durante 45 años con su gran rival en todos los ámbitos, desde el económico al militar: la Unión Soviética.

Finalmente, en 1991 se desmembró la URSS y con ella acababa la dualidad de superpotencias y EEUU quedaba sola expandiendo de manera evidente su cultura y modo de vida incluso entre los países del antiguo bloque comunista.

Estados Unidos, que hoy, cuatro de julio, celebra su 238 aniversario de su declaración de independencia del Imperio Británico, es un país federal compuesto por 50 Estados y un distrito federal además de otros territorios dependientes, y destaca por su población (es el tercer país más poblado del mundo, con más de 300 millones de personas, detrás de China e India) y por su enorme extensión, que le permite poseer abundantes recursos naturales. Inicialmente estaba formado por las trece colonias británicas del este de Norteamérica pero pronto comenzó una rápida expansión conquistando (a los pueblos indios y, más tarde, a México) o comprando territorios (sobre todo a Francia y España, aunque también a Rusia) hasta alcanzar su actual superficie a finales del siglo XIX, y creando sus últimos Estados en 1959. 
 
En el pasado, como decía, hubo otras superpotencias. A todo el mundo le sonarán las grandes potencias de la Antigüedad, como el Imperio Helenístico y efímero de Alejandro Magno, que se extendió desde la actual Grecia en el oeste hasta el río Indo al este. Dicho imperio no perduraría y Alejandro, que lo expandió en muy pocos años con la conquista del Imperio Persa, no pudo garantizar una sucesión estable a su prematura muerte. Sus generales, los llamados diádocos, se repartieron el inmenso territorio pero en los siglos posteriores sus reinos helenísticos fueron desapareciendo, el último el Egipto ptolemaico en 31 a. C. 
Otro gran imperio de la Antigüedad (y esta vez sí considerado superpotencia por motivos obvios) fue el Imperio Romano. En su punto de máximo esplendor en el siglo II d. C llegó a dominar desde gran parte de la isla de Gran Bretaña en el oeste a Mesopotamia en el este y desde territorios de la actual Alemania en el norte a Egipto y el norte de África por el sur. Roma además no solo dominaba sus territorios sino que implantaba paulatinamente sus costumbres, su lengua, moneda, urbanismo, sociedad, etc lo que hace que se le considere una superpotencia antigua. Sus orígenes fueron extremadamente sencillos: un poblado a orillas del río Tíber, en el centro de la península italiana alrededor de mediados del siglo VIII a. C. Con el tiempo fue expandiéndose por los territorios vecinos conquistando a otros pueblos hasta dominar gran parte de la península. Su gran expansión vino con las Guerras Púnicas en las que se enfrentó a la entonces potencia mediterránea, Cartago. En tres guerras (más de cien años de diferencia entre la primera y tercera) logró dominar el Mediterráneo Occidental antes de lanzarse a por el Oriental empezando por Grecia y acabando con Egipto. En el oeste, Julio César conquistó las Galias en el siglo I a. C y su sucesor, el primer emperador, César Augusto, implantó un sistema unipersonal pero estable después de un siglo de luchas civiles en Roma. Con sus sucesores el Imperio consiguió la llamada Pax Romana y su máxima expansión. En el siglo III comenzó la decadencia con gran inestabilidad y comenzó a transformarse en un Estado cristiano y diferente a la Antigüedad clásica. A finales del siglo IV fue dividido y perdió el control progresivamente de sus territorios en el Oeste. La misma Roma fue saqueada y definitivamente ocupada por bárbaros en 476. El Este, como Imperio Bizantino, pervivió mil años más hasta su desaparición definitiva en 1453. 
En la Edad Media hubo imperios destacables pero que no tenían influencia fuera de su continente. Lo más cerca que hubo fueron los imperios Musulmán y Mongol. El Musulmán se extendió desde sus orígenes arábigos por Oriente Próximo, el norte de África y gran parte de la Península Ibérica. Sin embargo, no fue muy longevo ya que algunas partes de su territorio comenzaron a independizarse, como al-Ándalus, en 756. El otro imperio, el Mongol, alcanzó una impresionante extensión al controlar casi toda Asia y parte del este de Europa. Sin embargo, también fue efímero y no perduró ni dos siglos al fraccionarse en el siglo XIV.

Otros, como el Imperio Carolingio, tuvieron una fuerte influencia en su continente, Europa, pero poca fuera de él.

Fue en la Edad Moderna cuando comenzaron a crearse enormes imperios coloniales de potencias europeas. El primero fue el Imperio Español. Comenzó en 1492 con la llegada a América, un continente desconocido para los europeos hasta entonces. Su conquista progresiva en las décadas posteriores y la unificación de Castilla y de Aragón permitieron a los monarcas hispanos poseer el mayor imperio del momento y el más influyente con supremacía en Europa (aunque amenazada por otros países). En América los españoles crearon un imperio gigantesco que ocupaba desde el oeste norteamericano hasta la Patagonia argentina por el sur exceptuando enclaves ingleses y Brasil, bajo control portugués, otro imperio destacable de la época, aunque más bien marítimo. El Imperio Español imitó al Romano y sobre todo en América implantó poco a poco sus costumbres, religión, idioma, modo de sociedad, etc y muestra de ello es que el idioma español sea hoy el segundo más hablado del mundo (por hablantes por lengua materna) y el segundo en la comunicación internacional. Sin embargo, los españoles no solo se asentaron en América sino también en África y en Asia con las Islas Filipinas, que mantuvieron hasta 1898. Fue el imperio más poderoso durante el siglo XVI pero perdió su hegemonía en Europa en el siglo XVII a favor del próximo imperio: el francés. A pesar de ello España mantuvo su imperio colonial hasta principios del siglo XIX y algunos enclaves americanos hasta finales de dicho siglo y africanos hasta el siglo XX. 
Imperio Español (mapa diacrónico) 
El Imperio Francés comenzó de manera modesta creando colonias en Norteamérica y asentándose en islas del Caribe y del Atlántico. En Europa consiguió la supremacía en el siglo XVII y la expandió en el XVIII con triunfos en Norteamérica. Sin embargo, la Revolución de 1789 y la inestabilidad posterior, además de la caída final del Imperio Napoleónico en 1815 hizo que Francia fuera castigada por las potencias triunfales perdiendo su hegemonía. Ello no quitó que continuara su expansión colonial, sobre todo el África y en el sudeste asiático. Así, a finales del siglo XIX era el segundo imperio colonial en extensión pero quedando siempre como segundón. Su decadencia inminente durante la primera mitad del siglo XX hizo que finalmente diera la independencia a todas sus colonias manteniendo actualmente algunas islas y territorios en el Atlántico, Pacífico e Índico. 
 Imperio Francés (mapa diacrónico)

Sería el Imperio Británico el que quitaría a Francia la hegemonía de manera indudable. Ya a mediados del siglo XVIII los británicos habían ido expandiéndose por América y logrando enclaves estratégicos (véase Gibraltar). Su gran oportunidad llegó con la conquista de la India, primero por manos privadas de la Compañía de Indias, y luego del Estado en el siglo XIX. Poseer la India, una auténtica “ganga”, ayudó a convertir a Gran Bretaña en la superpotencia hasta la Primera Guerra Mundial. Su imperio se extendía por los cinco continentes, diferenciándose así del Español y el Francés. En América tenía el control de Canadá, diferentes islas del Caribe como Jamaica, Belice y la Guayana inglesa; en África dominaba el inmenso corredor de norte a sur entre Egipto y Sudáfrica junto a otros enclaves como Nigeria, Guinea o parte de Somalia; en Asia además de la ya mencionada joya de la corona india poseía parte de Arabia, Birmania, Malasia, Singapur y diferentes puertos en el este del continente. Por último, controlaba gran parte de Oceanía con Australia y Nueva Zelanda como territorios más grandes. Como los españoles previamente implantaron en sus territorios su idioma, costumbres y religión, sobre todo en el caso de las llamadas colonias de poblamiento, es decir, territorios a los que emigraban muchos británicos aprovechando los beneficios que les daba su condición de ciudadanos británicos. Estas colonias fueron sobre todo Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. 
 Imperio Británico (mapa diacrónico)

Después de la Primera Guerra Mundial comenzó su influencia, sobre todo económica, a favor de nuevas potencias como Estados Unidos y Japón pero siguió teniendo un peso político muy importante en la escena internacional que lo hizo decisivo en la Segunda Guerra Mundial. Después de ésta llegó la descolonización y la decadencia y el Imperio Británico desapareció como tal dando la independencia a casi todas sus colonias excepto algunos pequeños enclaves e islas en el Atlántico y el Pacífico (excepto Gibraltar que, aun estando en Europa, sigue siendo una colonia). También la influencia política de Gran Bretaña se fue difuminando ante una Guerra Fría entre dos quedando Londres como comparsa de Estados Unidos hasta ahora.

La última superpotencia reconocida sin contar Estados Unidos fue la Unión Soviética. Ya en los siglos anteriores el Imperio Ruso se había ido expandiendo por Siberia hasta alcanzar una enorme extensión e influencia. A finales del siglo XIX sin embargo estaba en crisis debido a un muy anticuado sistema y a una economía desfasada y anticuada. Así, en 1917, en plena Gran Guerra, estalló la Revolución contra el gobierno zarista, que fue derrocado. En octubre los bolcheviques, marxistas comunistas, se hicieron con el poder, sacaron a Rusia de la guerra a costa de perder grandes territorios en Europa del Este, y comenzó una guerra civil entre los zaristas y moderados y los bolcheviques, que finalmente ganaron los segundos creando en 1922 la URSS. Fue con la Segunda Guerra Mundial con la que la URSS logró el estatus de superpotencia. Ganó a la Alemania Nazi y con ella consiguió el control efectivo de casi toda la Europa del Este creando su propio bloque comunista con países satélites. Proponía un modelo opuesto al capitalista occidental de Estados Unidos y Europa Occidental con un modo de vida diferente. Su sistema de gobierno era dictatorial y su economía era estatalista, no existía la propiedad privada. Compitió con Estados Unidos y hubo momentos de enorme tensión en los que el mundo vivió al borde de una guerra nuclear pero el sentido común imperó sobre los intereses de las dos superpotencias. En los años 80 comenzó la decadencia de la URSS y los intentos de apertura a Occidente y de democratización acabaron llevando a la desmembración de la Unión y a su fin como superpotencia quedando Estados Unidos como la única hasta hoy. 

A pesar de ello, están surgiendo desde hace años nuevas potencias emergentes que pueden en un futuro cercano colocarse al nivel de Estados Unidos como superpotencias. Destacan sobre todo China e India por su enorme potencial demográfico y, en el caso chino, económico y también militar. Otras potencias a día de hoy son Rusia, aunque con evidentes problemas estructurales, que está intentando desde hace poco recuperar parte del antiguo imperio e influencia de la URSS; Brasil, como principal potencia latinoamericana; y la Unión Europea, aunque muy debilitada por la crisis económica y de liderazgo en su interior.

jueves, 3 de julio de 2014

Graduado en Historia (II)



El pasado martes 1 me gradué definitivamente después de exponer mi trabajo de fin de grado a un tribunal elegido al efecto. Mi trabajo, llamado Gran Bretaña ante la crisis española y la Segunda Guerra Mundial (1936-1945), versaba sobre la política británica ante la Guerra Civil Española, basada en evitar por todos los medios que el conflicto español se trasladara al continente europeo, y en las difíciles relaciones entre ambos países durante la Segunda Guerra Mundial (para más detalles contactar: cesar_valleinclan@hotmail.com ). El tribunal quedó satisfecho con el trabajo escrito y con la exposición y me dieron la nota de sobresaliente, la cual acogí con orgullo y mucha satisfacción.

Termino así cuatro años de carrera en los que he madurado intelectualmente. Ahora tengo una concepción de la vida y de la Historia más compleja, tal como requiere el estudio de una disciplina que trata de investigar el pasado de la Humanidad, siempre teniendo en cuenta el presente y la preocupación por el futuro.

Sin embargo, la carrera deja importantes lagunas (por ejemplo, de Lejano Oriente y Oceanía mis conocimientos son escasos) que debo solventar por mi cuenta a base de seguir estudiando. Mientras tanto, para el futuro más inmediato me he decantado por la enseñanza, por transmitir lo que sé a nuevas generaciones que pueden tener más o menos interés pero en las que siempre se encuentran chicos y chicas que tienen sinceras ganas de aprender. Por ello, el próximo curso me espera el máster de profesorado en la Universidad Autónoma de Madrid en una nueva fase académica en posgrado y en otra universidad que, espero, sea igual de fructífera que la que he acabado esta semana.